Unción de enfermos

Para muchos éste es el sacramento del miedo. Todavía hay cristianos que vienen con el siguiente presupuesto: “Padre, no le vaya a asustar, está muy enfermo”, “padre dígale que pasa por aquí por casualidad, que está visitando a todos los enfermos”, “padre, menos mal que viene vestido de civil para que no se asuste”, “padre, está totalmente inconsciente, por eso le hemos llamado”, “padre se acaba de morir, venga por favor a darle la Extremaunción”, y así las cosas más variopintas.

No sé a quién se le ocurrió inventar este nombre de “extremaunción”. Ciertamente no fue muy afortunado, al menos para la mentalidad de nuestros días.

Hoy se llama “Unción de los Enfermos” retomando la costumbre apostólica que invitaba: “Cuando se encuentre enfermo alguno de ustedes, llame a los presbíteros para que recen con él imponiéndoles las manos y dándole la unción”. Aquí no dice que uno esté boqueando ni estirando la pata… Cuando uno está seriamente enfermo (es decir no cualquier gripe…), o tiene que operarse, o es de edad avanzada (aquí no le quitamos ni le ponemos años a nadie), puede prepararse y pedir la Santa Unción.

Es ideal que uno se confiese antes de recibir este sacramento y tiene oportunidad, es decir si uno está consciente y, por ejemplo, no le han tenido que llevar a la clínica a causa de algún paro cardíaco o situación similar.

La unción de los enfermos, es uno de los sacramentos que se puede recibir varias veces en la vida, es decir si uno pasa a lo largo de su vida por varias situaciones de enfermedad u operación importante. No es que uno pueda pedir la unción todos los días.

Anécdotas bonitas a propósito de este sacramento. Más de una vez me he encontrado en la calle con alguna persona que, contenta, y casi gritando me ha saludado: “Padre, ¿qué tal está?, ¿No me recuerda?”. “Pues usted me dio la Unción de los Enfermos hace dos meses cuando estaba en terapia intensiva, y a los pocos días me dieron el alta”. Varias veces la persona que sus familiares temían que se iba a asustar al recibir la unción, ha reaccionado sin embargo con gran alegría y agradecimiento al recibir la visita del padre, aprovechando para confesarse, convocando a todos los familiares presentes para que rezar con él al recibir el sacramento de la Santa Unción.

Hay mucho desconocimiento sobre este sacramento. Por eso voy a recordar algunos de sus elementos esenciales.

En primer lugar el sacerdote, con amabilidad, toma contacto con los parientes, interesándose por la salud del enfermo. Así adquiere una breve información antes de acercarse al paciente que ha pedido el sacramento. Si es un familiar quien pide el sacramento, conviene que avise al resto de los familiares (que están en la clínica) y al mismo enfermo, a fin de preparar mejor el ambiente para la oración y para recibir esta gracia del sacramento. E incluso para que no actúen de forma descoordinada, llamando a diferentes sacerdotes. [Y menos, como me ha ocurrido, a un evangélico, a un testigo de Jehová y a uno católico, por si acaso…].

El sacerdote al entrar en contacto con el enfermo tantea la situación para ver si es posible y oportuno comenzar con el sacramento de la “confesión”. Una vez dilucidado este asunto, avisa a los familiares para que le acompañen para rezar juntos con el enfermo y encomendar a la vez a toda la familia.

Como siempre al recibir un sacramento, se comienza poniéndonos en la presencia de Dios y pidiendo perdón. Después se lee un breve pasaje del Evangelio para recordar cómo Jesús atendía y curaba a los enfermos. Seguido se hacen unas peticiones por la persona que va a recibir el sacramento, pero igualmente por otras intenciones. Se imponen las manos al receptor, signo de oración y para pedir la presencia del Espíritu Santo. Ahora llega el momento central que da el nombre al sacramento, es decir se le da la unción y se reza la oración que acompaña. Para impartir la unción se usa el “óleo de los enfermos” un aceite o ungüento que fue bendecido para este fin por el obispo en la Semana Santa. Se hacen otras oraciones, y sobre todo se reza el Padrenuestro junto con todos los familiares, por el enfermo y naturalmente que por toda la familia. A veces se le suministra también la comunión, si ha sido solicitada y el enfermo está en disposición de recibirla. Tras una

breve acción de gracias, se imparte al enfermo y a todos los presentes la bendición, concluyendo así este sacramento de consuelo, de perdón y de sanación.

He descrito brevemente el proceso del sacramento, sobre todo para los que le tienen miedo, o no tienen ni idea, a fin de que puedan comprobar cómo se trata de una atención a los enfermos de parte de la Iglesia y de la familia, para consolarles y estar cercanos en ese momento tan especial. Además el sacramento de la unción es igualmente un sacramento de la misericordia y perdón de Dios. Uno, normalmente, en esos momentos, se enfrenta de forma muy consciente a la provisionalidad de la vida, a su propia película rápida de la misma, y a muchos sentimientos que no surgen en otros momentos. Es decir, que la situación, más bien prepara a la persona indicada para un encuentro consigo mismo, con Dios, e incluso a una reconciliación con los demás.

Por cierto que la unión de los enfermos es un sacramento de vivos, no de muertos. Los muertos ya no pueden recibir ningún sacramento. Si ya ha fallecido, lo normal es hacer otras oraciones apropiadas, bien sea la familia, y en algunos casos el sacerdote.

Hoy nos encontramos también con “Misas de sanación”. Toda eucaristía es de sanación, y en sí no es necesario inventar misas especiales de sanación. Pero, ciertamente, hay padres carismáticos que le dan cierta alegría, entusiasmo y humor a las eucaristías con enfermos, y hacen bien a todos. No son sacramento de la unción, sino una eucaristía por los enfermos.

Hay una pregunta que muchos se hacen, algo que no tiene que ver nada con lo que estamos tratando. Pero como estamos en confianza, me la pueden hacer. Padre: “¿la Iglesia permite quemar a los muertos?”. Bueno hijo: no digas “quemar”, sino “cremar” que suena más fino. El recelo de algunos cristianos viene de las historias macabras de cuando se quemaba a las brujas o historias similares; eran tiempos oscurantistas que ya pasaron. Nada que ver con la práctica respetuosa de la cremación de los restos humanos, contra la cual la Iglesia no tiene nada, y que cada día se va extendiendo más. Hay ciudades, por ejemplo, en las que la autoridad civil ya solamente permite la cremación y no hay posibilidad y de un enterramiento tradicional como era en la tierra. También, hoy, son muy pocas las excepciones en que se permite llevar al difunto a la Iglesia, y esto incluso por regulación civil, y por cuestiones sanitarias. Las oraciones, novenarios etc. se hacen ya con la familia en el momento apropiado, sin necesidad de que sea “corpore insepulto” o de “cuerpo presente”.

Encomendemos siempre a nuestros enfermos, hagámoslo también en familia, e incluso como parroquia. En las intenciones de la misa, pedimos con frecuencia por los enfermos. Con confianza se le puede pedir al sacerdote que encomiende a un familiar enfermo. Y si tienes que pedir la unción de los enfermos, o eres familiar, por el bien del mismo, no esperes por favor, al último momento y, como consejo, procura no venir en domingo o festivo a buscar un sacerdote, salvo en casos de emergencia, ya que por las actividades y responsabilidades inherentes al día, tendrás más dificultad en encontrar uno que pueda atenderte con la paz y tranquilidad necesaria, que en otros días que posiblemente tenga un poco más de tiempo.

Texto del Padre Luis Munilla
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