El Matrimonio

El matrimonio existe desde que surgió la especie humana. Nosotros, creyentes, podemos decir que existe desde la creación. “Hombre y mujer, Dios los creó”. Notemos que desde la primera página de la Biblia se dice hombre y mujer, dos palabras muy diferentes, dos géneros diferentes, y añade la Biblia, y los creó “a su imagen y semejanza”.

“A su imagen y semejanza” incluye varios aspectos. Pero aquí vamos a fijarnos solamente en que el hombre y la mujer, complementarios, creados para amarse, respondiendo así al amor que Dios nos tiene, son capaces de colaborar con Dios en la creación, capaces de generar vida desde el amor, encargados de cuidar la creación con amor: “¡dominad la creación! = ¡cuiden la creación!”.

El sacramento del matrimonio, como hoy lo entendemos, existe a partir del Nuevo Testamento, tal como comentamos en la introducción a los sacramentos. Pero el matrimonio, entre hombre y mujer, es una realidad un derecho natural desde el origen de los tiempos. Otras realidades, costumbres y uniones puestas hoy tan de moda, sobre todo por razones políticas, no se tratan aquí, ya que son materia a regular, más acertada o menos acertadamente, por autoridades civiles, dando respuesta sobre todo a las complicadas realidades de hoy, como son la convivencia, las herencias y similares; aquí sólo se trata sobre el sacramento del matrimonio.

Prepararse para recibir el sacramento del matrimonio es toda una tarea y todo un reto. No todos los católicos reciben, o no quieren recibir el sacramento del matrimonio, o no lo valoran o no se sienten preparados para ello, y sin embargo viven algún tipo de familia, como describe el Documento sobre la Familia del Concilio Plenario de Venezuela. No entramos a valorar esas uniones que ya allá se exponen. Aquí entramos a comentar algunos aspectos del matrimonio como sacramento, que ciertamente es una vocación dentro de la Iglesia, para que todos los que se sientan preparados lo soliciten, lo reciban y lo vivan como una bendición especial de Dios.

No es ciertamente lo mismo. Si alguien dice: “estoy preparando con ilusión mi boda”. Perfecto; entendemos que se encuentra preparando una ceremonia, un salón de fiestas, el color de los manteles y flores… por así decir: algunos de los detalles de una ceremonia puntual que tiene lugar en un día determinado. Hoy, sobre todo las novias, hasta consultan páginas web, para estar a la última moda y ser lo más “IN”. Respetando sobremanera todo eso, sin embargo, no tiene mucho que ver todavía con el matrimonio, o al menos no es lo esencial.

Para celebrar el sacramento del matrimonio, debe haber una preparación remota, otra preparación cercana, una celebración del sacramento, y una vivencia posterior del mismo, ojalá que durante toda la vida.

Comienza meses o años antes del matrimonio; los jóvenes en todas sus relaciones aprovechan ocasiones y momentos para conocerse a fondo, para dialogar sobre sus proyectos de vida y sobre lo que más valoran en la misma; para convivir en sana relación, para soñar juntos como creyentes. Hay parejas que no aprovechan bien en esos años de preparación, sino que los dedican a cosas superficiales, dejando de lado la sensibilidad interna: el vivir en la misma onda, y, al no cuidar y potenciar esto, después se llega a reacciones raras e incluso a cortocircuitos. Temas a ponerse de acuerdo son muchos: gustos, proyectos, utopías, la vivencia de la fe, número y educación de los hijos, sexualidad, la administración del dinero y de los bienes comunes, responsabilidades dentro de la casa, celos y amistades, participación activa en la comunidad de fe, solidaridad y apertura de la propia casa hacia afuera… En todo eso debe haber mucha claridad y madurez, llegando a acuerdos importantes antes del matrimonio; después, algunas cosas de éstas ya no tienen mucho remedio y así sobrevienen los conflictos. En los encuentros de novios, con frecuencia se tocan estos temas, pero si éstos tienen lugar en vísperas de la celebración del matrimonio, ya no sirven de gran cosa.

suelen dar más importancia las parejas. El día de la boda se echa rápidamente encima y hay que tener todo bien preparado. En cuanto al sacramento, nuestro tema, un buen católico no lo deja para lo último. Es el día más importante de tu vida y seguro que quieres vivirlo de una forma consciente y para siempre. Por eso debes acercarte a la parroquia con bastante tiempo (seis meses), pues en el mundo globalizado de hoy a veces hay que pedir datos en países lejanos. Pero, sobre todo, hay que preparar con fe y con detalle la ceremonia religiosa, a fin de que sea de verdad un momento inolvidable, una ceremonia de

creyentes, un compromiso ante Dios y con la comunidad presidida por el ministro de la Iglesia, que ojalá, habiendo preparado junto con él la ceremonia, pueda impartir la bendición de Dios no sólo como un mero funcionario que administra una obligación que tiene ese día, sino implorar una bendición para unos amigos, creyentes, que han preparado junto con él ese día tan importante. El reconciliarse con Dios, es decir confesarse, ni lo nombro; ¡es algo tan lógico! No te olvides de invitar a Cristo a tus particulares “bodas de Caná”; saldrás ganando.

el amor es gratis, sino, no es amor. Dios nos ama y participamos de su amor en cada situación de la vida. El amor es Uno, y lo demás son participaciones; es decir que, si amamos, participamos del amor de Dios, somos dioses, o al menos hijos de Dios. El amor en el matrimonio, también es gratuito. Uno no se casa para que le amen, ¡mal asunto!, se trataría de un “amor egoísta”. Uno se casa para amar, para dar el primer paso, y seguro que así recibirás mucho más amor, que si, de forma egoísta, solo esperas que te complazcan. Eso no dura mucho.

El amor, por definición, exige una actitud plurirrelacional, y por lo tanto es frágil. Depende de la libertad inherente a cada persona; uno puede decidir no seguir amando a alguien: uno puede cansarse de actitudes propias o de los demás; uno puede volverse rutinario o flojo, uno puede dejar que se consuman las brasas del amor. El amor también hay que alimentarlo todos los días con pequeños grandes detalles. El fuego hay que removerlo para que siga fogueando.

El matrimonio es una realidad trascendente, no meramente humana y por eso a veces escapa a nuestros sentidos; se invoca y se pide en el sacramento, la presencia del Señor que es como el sello y garantía de calidad, del amor y la de la felicidad conyugal. Esto es lo que aporta el principalmente sacramento, la presencia explícita, invocada y deseada de Dios; y Él es más generoso que nosotros y seguro que aporta el mejor y más grande regalo del día de la boda y sobre todo para la unión y vivencia matrimonial.

Durante la ceremonia del matrimonio se promete a los “novios” el apoyo de la familia y de la comunidad a través del ejemplo y de la oración. Los recién casados no deben, pues, encerrarse en su hermoso nido de amor, sino recordar esta promesa y participar con la comunidad en los actos y celebraciones comunitarias, como son los sacramentos, principalmente la Eucaristía. Desde ahí vendrá un gran apoyo para los momentos más difíciles, que no tardarán en llegar.

El matrimonio es como las computadoras, que se dividen en dos clases: las que ya han tenido algún virus y las que pronto lo tendrán, y sino preguntemos a los matrimonios que tienen un poco más de experiencia. Hay que prepararse pues a esta hermosa realidad del matrimonio, pero también a combatir sus “virus”. Y hay que tener bien previstos al menos dos antivirus: el del diálogo diario y permanente, y el de la fe.

A los novios no se les debe dejar solos en esa preparación para el matrimonio cristiano. Ciertamente muchas cosas se aprenden de forma autodidacta, y varios creen que, con aprender y practicar asuntos sobre la sexualidad, es suficiente. ¡Craso error! Una buena pastoral de jóvenes y de novios, una pastoral familiar, es la mejor base para prepararse y llegar a un matrimonio cristiano. En las parroquias vivas, siempre hay matrimonios dispuestos a colaborar en la pastoral de jóvenes, vocacional y de novios.

Por último, ese entrenamiento desde la familia y desde la comunidad, debe llevar a que seamos capaces de vivir el amor; pues nadie da lo que no posee. Si Cristo hablaba tanto y con tanta seguridad del amor, es porque lo vivió en la familia, y vivía lo que predicaba. Si ambos esposos han aprendido a amar desde niños, se complementarán muy bien y, un matrimonio así, promete éxito, fidelidad e indisolubilidad.

Texto del Padre Luis Munilla
El Matrimonio

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