Comunión

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El epíteto “comunión” hizo correr el peligro de devaluar este sacramento de la Eucaristía, dentro del cual se incluye la comunión. Casi se venía definiendo y comprendiendo con este sacramento con exclusividad a la famosa “primera comunión”, haciendo bailar todo al son de la misma: preparación más o menos breve, cuanto más breve mejor, preparativos suntuosos cuanto más grandes y más caros mejor, celebración festiva de la misma, y con frecuencia se podía añadir el epíteto: “ya salimos de esto, e incluso hicieron la comunión varios hermanos a la vez para ahorrarnos algún gasto”.

Este sacramento de la Eucaristía es el mayor regalo del Señor: quiso quedarse entre nosotros como alimento espiritual, recordándonos en la última cena “hagan esto en memoria mía”. Es un sacramento en el que ciertamente se nos recuerda la comunión, es decir: la “unión común” con Dios, con la comunidad y la paz y armonía interna con nosotros mismos.

La Eucaristía tuvo su origen en la Última Cena, como recordamos el Jueves Santo. Después de la resurrección y recordando las palabras y los hechos del Señor, pasó a ser el centro de las comunidades cristianas que se reunían en casas privadas o en lugares apropiados para celebrar el Ágape, la Eucaristía, o la Cena del Señor.

Pronto, sobre todo al aumentar las comunidades, fue separándose el hecho de compartir la cena o alimentos materiales, lo cual era muy complicado, de la celebración de la Eucaristía. Esto último se consideró lo esencial mandado recordar por el Señor, y la primera parte, el alimento material, el compartir, se separó, dando lugar a las diversas formas de atender a los pobres en la comunidad.

En la Eucaristía, ciertamente se recordaba la Cena del Señor, de la cual se tomaron especialmente las palabras de lo que hoy llamamos “La consagración”, palabras que como podemos constatar en el Nuevo Testamento no eran uniformes en todas las comunidades, sino que coexistieron varias formulaciones parecidas, celebrando, sin embargo, todas las comunidades unánimemente “en nombre del Señor”, “en su memoria”, tal como Él lo había establecido.

La Eucaristía tiene precedentes y en el Antiguo Testamento y en varios momentos de la vida pública de Jesús. Ya Isaías anunciaba banquetes festivos con alimentos enjundiosos y vinos generosos (seguro que Isaías se escapó en algún viaje o envió a alguno de sus discípulos a La Rioja – España, para que le llevaran una bota de buen vino); Jesús varias veces habló de banquetes, a los que todos estaban invitados, multiplicó una o varias veces los panes y en todos estos acontecimientos podemos ver hoy con claridad una referencia a la Eucaristía

La Eucaristía se fue configurando poco a poco en sus diversos elementos. No sólo se recordó el hecho de la Cena, sino que se revivió la Resurrección o Exaltación del Señor, interpretando todos los acontecimientos de la vida de Jesús a la luz de este máximo acontecimiento de su Resurrección. Todas estas reflexiones se contaban o rememoraban en las diversas comunidades, en la Eucaristía, poniendo más tarde por escrito algunos de los relatos de la Vida de Jesús, lo cual se organizó después también en forma de Evangelios, cartas pastorales de los apóstoles y escritos que hoy conocemos y meditamos.

La Eucaristía era siempre algo vivo, algo esencial y necesario, a la cual se acudía no tanto por obligación o para no cometer pecado, sino por necesidad de encontrarse con la comunidad y con el Señor, ya que recordaban muy bien que éste había prometido, que donde se reunieran varios allí estaría Él presente, sobre todo en momentos de persecución tales como sabemos que existieron.

Sabían ya, y aprendieron, que la comunidad no era sólo para perfectos. Pero sí que para celebrar la Eucaristía se exigía y se exige que haya comunidad, y la Eucaristía a la vez crea y es promotora de comunidad. Por eso podemos participar activamente los imperfectos; hoy sabemos que el sacerdote no es quizás el más perfecto de la comunidad, y los lectores o ministros de la Eucaristía, a pesar de sus esfuerzos, tampoco. Pero nos consideramos hermanos, y, aun así, puede arrancar la Eucaristía, participando personas pecadoras e imperfectas, con sus diversos momentos participativos.

Por eso la Eucaristía completa, antiguamente era para los creyentes y bautizados, excluyendo a los catecúmenos, al menos después de la primera parte de la misma, ya que todavía no formaban parte de la comunidad. Y a la vez la Eucaristía crea comunidad, pues para eso desde el primer momento se reconcilian los hermanos entre sí y con Dios, reconociéndose pecadores comunitariamente con el “yo confieso” y rezando, o mejor cantando solemnemente a continuación el “Señor ten piedad”; después, una vez aliviados por la misericordia de Dios, se recuerdan algunas de las palabras del Señor, que siempre invitan a reconocerle como Enviado, como Salvador, como Resucitado, como Señor…; se leen estas palabras o pasajes que ya los primeros cristianos recordaban, para crear nueva vida en la comunidad, invitando a todos a conservar o crecer en la paz y a vivir más fraternalmente.

Por eso después de despertados y promovidos todos estos sentimientos de haber recibido el cuerpo del Señor, se despide a todos, no diciendo “podéis continuar en paz” (lo cual quizás insinúa que no ha pasado nada en la Eucaristía si uno ya era “santo”, “lo sigue siendo” y “puede continuar” inalterable), sino, una vez adquirida la paz o habiendo sido restituida o, habiendo crecido en ella por medio de esta celebración, se dice: “Ite missa est”, la misa se ha acabado, y modernamente se añade “andate in pace”, “id en paz” “podéis ir en paz”. El término latino no viene de la palabra Misa, sino del latín “mittere”, enviar a una misión, y expresa una actitud dinámica y activa: vayan a crear paz, a ser autores, testigos y promotores de la paz y reconciliación. Es la misma misión que pretende darnos con el texto de la expresión litúrgica actual, aunque no lo expresa tan acertadamente: “Podéis ir en paz” o “Pueden ir en paz”, por eso algunos sacerdotes emplean fórmulas híbridas menos acertadas.

No, ni mucho menos. No y no. Los padres de los niños y la comunidad deben tomar más conciencia de la importancia de la Eucaristía, y preparar bien a los niños para participar en la como adultos en la fe. Por eso se pide, también en Venezuela, a través de los documentos del Concilio Plenario, que la preparación sea un proceso, no algo puntual para “salir de eso”. Se le debe dar gran importancia, y se pide que dure al menos dos años, algo que no todas las parroquias han podido establecer todavía. Sí conviene eliminar la idea de primera y última comunión (hasta el matrimonio???). La alharaca externa que rodea este acontecimiento es tal, que en algunos países se ha introducido la “comunión civil” o “comunión pagana”, vistiendo a los niños de la misma manera y preparando una gran fiesta y regalos para “engañarlos” y que no se sientan menos que sus amigos los niños católicos. ¡Vea, pues!

La Eucaristía, debe ser una celebración, una fiesta. No un teatro, un experimento, una novedad, una payasada, un evento donde el sacerdote tenga que hacer su función más o menos rigorista y rubricosa, o más o menos experimental o teatrera, siendo el único actor o payaso de la misma. La comunidad debe participar cada día más activamente, y los elementos litúrgicos dan para ello y lo exigen. Ya desde la preparación de los textos de cantos y lecturas (proyectables o no), los coros que animen y hagan participar a toda la comunidad no solo siendo “artistas invitados”; los monaguillos o ayudantes diversos, lectores, ministros de la Eucaristía; incluso acomodadores, repartidores de algún material del día, y muchos otros detalles que hacen que la comunidad viva la Eucaristía y se sienta plenamente en la misma. También puede haber “tarea” para la semana, e incluso en tiempos fuertes como el Adviento, Cuaresma, etc. preparar un guión unitario y progresivo para todos los domingos, y para todos los sacerdotes o agentes de pastoral que componen la comunidad. Así se fomenta la comunión y se evita el protagonismo e individualismo. En una comunidad así, no hay que insistir mucho en la obligación y la norma, sino en la comunión y participación.

La Eucaristía es la oración más universal que tenemos. Incluye a todos y se reza por todos, por los vivos y por los difuntos. Podemos examinar el misal romano y encontraremos cantidad de oraciones, e incluso dentro de la parte central de los cánones, donde rezamos por todos, ya que Cristo vino a reconciliarnos con Dios a dar su vida por toda la humanidad. Todas las teofanías del nuevo Testamento apuntan claramente a ello: la salvación de Cristo es para todos los pueblos y naciones y para todos los tiempos. Incluimos en la misa intenciones particulares, pero nunca excluimos con ellos la oración por todos.

Texto del Padre Luis Munilla
La Comunión

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